Lo que faltaba. Eso de “huele que alimenta”, que hasta ahora solo tenía un sentido figurativo, podría resultar cierto. Un nuevo estudio de la Universidad de Berkeley ha descubierto que el aroma que despiden los alimentos podría hacernos ganar peso.

El objetivo de esta investigación, que se llevó a cabo con ratones, era determinar la relación entre el olfato y la acumulación de grasas. Los investigadores separaron a los ratones en dos grupos y privaron a uno de ellos del sentido del olfato. Tres semanas después, realizaron la primera prueba, consistente en ofrecer a los ratones una dieta muy alta en grasas. Lo que observaron fue que, aunque todos los ratones comían las mismas cantidades, los que habían sido privados del sentido del olfato engordaban mucho menos.

Los investigadores también anularon el sentido del olfato a varios ratones obesos y observaron que perdían peso rápidamente, aunque comían lo mismo que los demás.

¿A qué se debe? De momento, todo son especulaciones. Una hipótesis es que el olor de la comida hace creer a nuestro metabolismo que es la hora del almuerzo, así que se prepara para almacenar las calorías y los nutrientes ingeridos. Por el contrario, al anular el sentido del olfato, el metabolismo sigue en modo de quemar energía, por lo que elimina más fácilmente las calorías consumidas. El estudio apunta a que el olor de lo que comemos juega un papel fundamental en cómo lidia el cuerpo con las calorías. Si no eres capaz de oler la comida, podrías quemarla en lugar de guardarla.

La investigación ayuda a apuntalar los conocimientos sobre la conexión entre el sistema olfativo y las regiones del cerebro que regulan el metabolismo, en particular el hipotálamo. “Este estudio es uno de los primeros que muestra que si manipulamos el sistema olfativo podemos alterar cómo el cerebro regula el equilibrio energético”, señala Céline Riera, coautora del estudio, publicado en la revista científica Cell Metabolism la semana pasada.

De hecho, los humanos que pierden el sentido del olfato a causa de la edad o enfermedades con frecuencia se vuelven anoréxicos, recuerda Riera. Pero la causa hasta ahora no estaba clara, ya que la pérdida del placer de comer con frecuencia conduce a la depresión, que a su vez ocasiona falta de apetito.

“Los sistemas sensoriales juegan un papel en el metabolismo. La ganancia de peso no es simplemente un reflejo de las calorías que se ingieren; está relacionado con cómo se perciben esas calorías”, señala Andrew Dillin, profesor de biología molecular y autores de la investigación.

Aunque sería un paso demasiado drástico eliminar el sentido del olfato en personas que busquen perder peso, podría ser una alternativa razonable como alternativa al quirófano para aquellos con obesidad mórbida. “Para este reducido grupo de personas, quizás podríamos eliminar el sentido del olfato durante seis meses y después dejar que las neuronas olfatorias se recuperasen. Esto podría renovar su programa metabólico”, dijo Dillin.